Manhattan
Capítulo 2 de la novela "Las sombras" (Luis de la Fuente - 2003)
 

Manhattan
-¿Qué te parece Eve?
Miguel le respondió sin dejar de mirar hacia el East River a través del amplio ventanal del autobús, que en ese momento atravesaba el puente de Brooklyn hacia Manhattan:
-Extrovertida.
Carlos, que esperaba otro tipo de respuesta, miró a su amigo, extrañado:
-¡Extrovertida! ¿Eso es todo?
-¿Y qué quieres que te diga, Carlos?
-Lo que piensas. Para eso te he preguntado.
Miguel se vio obligado a tomar partido:
-No deberías haber cortado con Myriam. Eso es lo que pienso.
-Son cosas que suceden, Miguel. La relación iba cada vez peor. Ella estaba cansada, y si te digo la verdad, yo también.
-Me has preguntado y te he respondido. Myriam es una buena chica.
-En ningún momento he dicho que no lo fuese.
- Además, todavía no sabes si le gustas a Eve o no -dijo Miguel tras un silencio.
-Sí, le gusto. Estoy seguro.
Miguel, que observaba los rascacielos como si fueran a desaparecer bajo las aguas del East River de un momento a otro, no se atrevió a hacer más comentario. ¡Qué pequeña era su barriada de San Fermín contemplada desde la vastedad de aquella ciudad de ensueño! ¡Qué pequeño era su mundo y qué distante y qué próximo estaba de él al mismo tiempo!
-Podría volver en Navidad. -comentó Carlos en voz alta.
Miguel no apartó la vista de la ventanilla; su mirada quedó abruptamente suspendida al hilo de un mal pensamiento: él no podría volver en Navidad; ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni en el próximo verano ni en el siguiente. Regresaría a su habitación de dos noventa por dos setenta, entre cuyas paredes pasaba las horas imaginando cómo podría llegar a ser su vida cuando tuviera la edad de su padre. Lo que llevaba peor era asomarse al diminuto balcón y no poder ver la calle, ni la gente, ni los coches, ni nada. Nunca le agradeció a su tío Julio lo bastante que le regalara por su cumpleaños aquel telescopio casi de juguete; el cielo, esa pequeña porción de oscuridad que se dejaba ver allá arriba, entre su casa y los muros de ladrillo y cemento de los bloques vecinos que ahogaban su visión, era para él todo el horizonte, y cuando se asomaba al ocular de su pequeño refractor, aunque la luz de la ciudad apenas le permitiera atisbar estrella alguna, sentía que volaba. Por eso, cuando su padre se echó a reír a carcajadas al verle mirando a través de la tubería del retrete, como él empezó a llamar al monóculo despectivamente a partir de esa noche, creyó escuchar cómo el espíritu de su madre, allá donde se encontrara, lloraba.

 
 
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